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PAMPLONA
Pamplona
tiene un encanto difícil de olvidar. Es una ciudad sencilla, antigua y
moderna a la vez.
Con apenas 182.000 habitantes, presume de
una gran calidad de vida, sin atascos, ni humos y con buenos servicios
asistenciales.
Los barrios nuevos son realmente atractivos
y cuentan con todos los recursos a su alcance, pero el núcleo de la vida
social y comercial está en su hermoso casco antiguo.
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| Para
encontrar su origen, tenemos que remontarnos a los años
75-74 antes de Cristo, cuando el general romano
Pompeyo acampó en estos lares, donde ya habitaba un
pueblo indígena vascón y fundó la ciudad romana de
Pompaelo.
En el 276 fue arrasada por los bárbaros.
En su reconstrucción, surgieron “tres pamplonas”. Eran los tres burgos:
el de San Cernin o San Saturnino poblada por francos, el de San Nicolás con artesanos francos y navarros y el
de Navarrería con los vascones. Durante tres siglos, sufrieron sangrientas
tensiones hasta 1.423. El rey Carlos III el Noble, con el Privilegio de la
Unión, hizo que Pamplona fuera definitivamente una. En 1.512, Pamplona y
Navarra pasaron a formar parte del territorio español, pero con una serie
de privilegios recogidos en el Fuero Navarro.
En
la actualidad, Pamplona es el hogar de gentes venidas de toda la comunidad
foral y es que la capital de Navarra es la síntesis de la Montaña y la
Ribera. También es un gran centro universitario gracias a la Universidad Pública
de Navarra y a la Universidad de Navarra. Los estudiantes invaden Pamplona
con sus ganas de pasarlo bien en Octubre y no la abandonan hasta Julio.
Además,
si uno quiere, en menos de 10 kilómetros estamos en plena naturaleza y, sin
necesidad de salir de Pamplona, podemos disfrutar de sus muchos jardines, un
auténtico placer para los sentidos.
Un último apunte gastronómico: en Pamplona se come
de maravilla. Lo mejor de toda la cocina navarra, cordero asado o al
chilindrón, verduras exquisitas, pescado fresco (el mar está a una hora) y
vinos de gran calidad, lo encontramos en Iruña. Es una ocasión excelente
para ir de pinchos. |
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Recorrido
por Pamplona
Desde
la Plaza del Castillo, bajamos por Chapitela hasta la plaza del Ayuntamiento
y su fachada barroca, imagen de los chupinazos.
Sobre
la mítica cuesta de Santo Domingo, encontraremos el magnífico Museo de
Navarra. En la cuesta, una pequeña hornacina señala dónde San Fermín
recibe los cantos de los mozos antes del encierro. Siguiendo el recorrido de
los toros, pasamos por el Ayuntamiento y la famosa curva de Mercaderes. Nos
desviamos del encierro y subimos la calle Curia hasta la gran Catedral gótica
y el Museo Diocesano.
Junto a la Catedral, la bella y recogida Plaza de San José, culmina
en un rincón encantador: un callejón que separa dos casas unidas entre sí
por un pasillo alzado cubierto. Detrás, el baluarte del Redín y el conocidísimo
mesón medieval del Caballo Blanco
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Siguiendo
la muralla, toparemos con el Portal de Francia, puerta de entrada de los
Peregrinos del Camino de Santiago. Regresamos por la calle del Carmen y
enfilamos la Estafeta, la ruta del encierro. En ella encontraremos la casa
de los Itúrbide y el Palacio de los Goyeneche, del XVIII. Al fondo espera
la plaza de toros y el monumento al escritor norteamericano Hemingway, que
hizo famosos los SanFermines con su libro “Fiesta”.
La avenida de Carlos III está dominada por el
Monumento a los Caídos y en el otro extremo, por el Teatro Gayarre y el
neoclásico Palacio de Navarra o la Diputación. Se construyó en 1.851 por
José de Nagusia y posee un bello Salón del Trono. Junto a la fachada del
Paseo Sarasate, está el elegante Archivo de Navarra y la longeva secoya que
protagoniza su jardín.
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En
el Paseo Sarasate o Valencia, se erige el Monumento a los Fueros de 1.903.
Simboliza los privilegios de Navarra y sus leyes propias. Junto a él,
aguarda la hermosa iglesia-fortaleza de San Nicolás, del S XIII. Detrás,
la calle San Miguel conduce a la entrañable plaza de San Francisco. Junto a
ella, en la calle Ansoleaga, está la Cámara de Comptos Reales y al final,
la iglesia de San Cernin o San Saturnino. Allá podemos apreciar el
“pocico” en el que San Cernin bautizó a los primeros navarros, entre
ellos San Fermín. Tiene un bello atrio del XVIII, portada y tímpano.
En
la calle Mayor disfrutaremos del palacio de Ezpeleta. Culmina en la Iglesia de San Lorenzo, su adorada capilla de San Fermín
y la plaza de Recoletas.
Enfrente,
hallaremos uno de los más bonitos jardines de Pamplona: la Taconera.
Salimos a la Avenida del Ejército, y damos con la
encantadora Vuelta del Castillo y la Ciudadela, preciosas murallas en forma
de estrella, con baluartes en punta de flecha. En su interior, podremos
encontrar diversas exposiciones culturales.
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La
Plaza del Castillo
Los
navarros de nacimiento o de adopción profesan un especial cariño a la
Plaza del Castillo.
Numerosas generaciones han vivido las fiestas, las
tardes de verano y las mañanas del domingo bajo sus porches. De
ella surgen, como si se tratara del epicentro de una tela de araña,
estrechas y concurridas callejuelas del casco antiguo de Pamplona.
Esta
plaza comenzó a construírse en 1.651 y se le llamó así, porque
antiguamente fue un paraje próximo a la antigua fortaleza de Luis Hutín en
el que se celebraron torneos e incluso corridas de toros.
La edificación de la plaza terminó en el siglo XVIII y en ella se
siguieron festejando corridas de toros hasta 1.844.
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Ahora,
como en tantos otros momentos, la vida gira en torno a la Plaza del
Castillo. Sobre el hermoso mosaico de la plaza, gentes de muy distintas
generaciones se reúnen para conversar, compartir opiniones y enterarse de
lo que pasa en nuestra Navarra. Le llaman el “cuarto de estar de los
pamploneses” y lo cierto es que uno se encuentra cómodo en ella.
Es
una bonita experiencia colocarse en el kiosco, en pleno centro de la plaza,
y girar sobre uno mismo 180 grados posando la mirada en cada una de las
casas que conforman la plaza del Castillo, casi todas del siglo XVIII, sus
balconadas, torretas, áticos, ventanales,...
Antiguamente,
hasta 1.910, en lugar del kiosco, existió una fuente diseñada por Luis
Paret, sobre la que reinaba la estatua de la Abundancia, “la Mari
Blanca”, que hoy podemos admirar en los jardines de la Taconera.
Esta plaza porticada alberga, apenas sin cambios
desde su inauguración en 1.931 bulliciosas terrazas y cafés que hacen las
delicias de los visitantes |
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La
Catedral de Santa Maria La Real
La
Catedral de Pamplona impresiona y engaña. Ante su fachada neoclásica de
Ventura Rodríguez de 1.783, uno imagina una catedral fría. Nada más lejos
de la realidad. Su interior gótico es profundamente acogedor. La
Catedral, y particularmente sus torres, son el emblema de la ciudad. Comenzó
siendo románica en el siglo XII, hasta que la destruyeron en la guerra de
la Navarrería. De esa etapa, el Museo de Navarra conserva bellísimos
capiteles y la presente catedral gótica aún mantiene la capilla de San
Jesucristo.
En
el 1.394, se iniciaron las obras y se terminaron en el 1.472. En la actualidad, su planta de cruz latina con tres
naves, capillas laterales y cabecera con capillas, muestra el magnífico
resultado de una reciente restauración finalizada en 1.994: lucen
resucitadas delicadas vidrieras, una exquisita policromía y elaboradas
carpinterías.
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Su rincón más
alabado corresponde al claustro gótico francés, uno de los más hermosos
de Europa. Cualquiera queda maravillado de la armonía y paz que se respira
en él y la riqueza de cada uno de sus arcos, ventanales, relieves,... Sus
corredores enmarcados por seis arcos apuntados, las puertas del claustro
Amparo y Preciosa, las arquivoltas y su decoración geométrica y
figurativa, son dignas de admiración.
También
agradan especialmente la peculiar capilla Barbazana, con una bóveda de
crucería estrellada de ocho puntas, y el mausoleo de Carlos III el Noble y
Doña Leonor, reposo de los reyes que descansan en posición yacente y con
larga túnica y corona. Muy cerca, la imagen románica chapeada de plata de
Santa María la Real.
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El
museo Diocesano se encuentra en la misma catedral. Con entrada por la calle
Dormitalería, en él esperan imágenes
religiosas, retablos góticos y renacentistas, orfebrería y objetos litúrgicos.
Por
otra parte, podemos admirar una bonita sacristía rococó, una Capilla de Música
del siglo XVI, los retablos góticos del Santo Cristo y de Santo Tomás y el
de San Juan Evangelista, el Crucifijo de Juan de Bazcardo y el Cristo de
Anchieta.
¡Ah! No se pierdan, junto a la Catedral, la entrañable
Plaza de San José. |
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Pamplona:
Zona verde
Pamplona
respira bien: tiene buenos pulmones. Uno puede perderse en sus cuatro
millones de metros cuadrados de jardín. Hasta las rotondas de tráfico son
una auténtica obra de arte floral, sobretodo en primavera.
El parque de la Taconera, próximo a la Iglesia de
San Lorenzo, presume de una singular belleza. En este cuidado jardín, se
mezclan árboles, setos, flores y caminos con monumentos emblemáticos: el
del tenor Julián Gayarre o el de la querida Mari Blanca (antes en la fuente
de la plaza del Castillo), el bajorrelieve de bronce del humanista Huarte de
San Juan o el portal de San Nicolás. Todo ello,
junto a las murallas y sus fosos en los que viven ciervos, gamos, patos,
pavos reales,... Es especialmente bonito visitar la Taconera en Navidad,
cuando sus fosos se convierten en un gigantesco belén con figuras de tamaño
real, iluminación navideña y la curiosidad atónita de los animales.
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Con tan sólo salir a la cercana Avenida del
Ejército, daremos con otro hermoso parque, el de la verde explanada de la
Vuelta del Castillo. Rodea a la Ciudadela, un precioso recinto amurallado en
forma de estrella, cuyos baluartes terminaban en punta de flecha y que acoge
diversos edificios de origen militar en los que es costumbre encontrar
numerosas exposiciones de arte. Lo
mandó edificar Felipe II, y desde 1.973, es Monumento Nacional. En ella se
reunen pamploneses para hacer deporte, pasear o, simplemente, tomar el sol. |
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Otro
hermoso parque es el de la Media Luna, paraje propio de enamorados. Entre
setos, fuentes y pérgolas, se aprecian extraordinarias vistas del Arga, las
huertas de la Magdalena y la catedral.
El
parque japonés de Yamaguchi es el más moderno de todos. En honor de
Yamaguchi, ciudad hermanada con Pamplona, muestra un estilo diáfano,
oriental, con géiser incluído. Acoge al Planetario de Pamplona.
Todo
ello sin olvidar el paso del río Arga por Iruña y los frondosos paseos
fluviales y el bello campus de la Universidad de Navarra junto al río Sadar.
No es de extrañar que más de 75 clases de aves
elijan este paraíso natural para vivir.
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San
Fermín: La gran fiesta
San
Fermín es una locura, una emoción indescriptible. El 6 de Julio, a
las doce del mediodía, miles de jóvenes se reúnen en la plaza del
Ayuntamiento. Otros muchos navarros se concentran en la plaza del
Castillo o en calles aledañas para estallar en júbilo cuando suena
el “Viva San Fermín, Gora
San Fermín” y el Chupinazo.
La ciudad enloquece, el champán corre. Vestidos de
blanco, se anudan, como pueden, el pañuelo rojo al cuello. Esperan
9 días de alegría, desenfreno, toros y encierros, música, fuegos
artificiales,...
Las fiestas son tan ansiadas, que los navarros
cantan aquello de “1 de
enero, 2 de febrero, 3 de marzo...” a lo largo de todo el año.
En esos días, llamados la “escalera”, las peñas celebran que se acerca San Fermín.
El 7 de
julio, Pamplona se emocionará con la procesión de San Fermín y el día
del Niño, con los pequeños llevando flores al santo.
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San
Fermín baña Pamplona. Los días son bellos y animados, llenos de luz. .
Las terrazas están bulliciosas. Los cabezudos, gigantes, zaldikos y kilikis
deslumbran a los más peques. Las actuaciones de jotas, danzas, salsa, los
pintores, vendedores, y mimos se apoderan de la calle.
Sobre
las cinco, llega la corrida de toros. Acuden aficionados taurinos, que
quieren ver a los mejores toreros y ganaderías, pero también, jóvenes de
las peñas, con toallas, gorros, cubos de sangría y elaboradas meriendas
que comerán en el tercer toro. Para ellos, lo de menos es lo que ocurre en
el ruedo.
A
las 11 de la noche, comienza la magia de los fuegos artificiales, lanzados
desde la Ciudadela. Y después, la juerga está asegurada. Todos de blanco,
pañuelico rojo, música pachanguera y bailona, gente de todos los países
con ganas de divertirse, bares abiertos sin fin,... Un ambiente increíble.
Pero todo acaba el 14 de Julio en la plaza del
Ayuntamiento con dos canciones. Una triste que dice “Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San
Fermín” y una alegre que hace a todos bailar: “Ya falta menos, ya falta menos, p’a San Fermín”. |
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El
encierro
Faltan
unos minutos para que den las 8 de la mañana. En la Cuesta de Santo
Domingo, periódico enrollado en mano, los mozos miran la imagen del santo
moreno. Le cantan tres veces “A San
Fermín, pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos
su bendición”.
Unos segundos después del último cántico, suena el
cohete y se abren las puertas del corralillo. Navarra contiene la respiración.
Los toros salen,
con fuerza y poderío, a un recorrido vallado de 848 metros: Plaza
Consistorial, Mercaderes, Estafeta.
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Son toros que oscilan en torno a la
media tonelada, cuernos afilados y potencia en su señorial figura. Otro
cohete avisa cuando todos abandonan el corral.
Rodeados
por corredores, los animales avanzan. Algunos resbalan, otros dan cabezazos
hacia las aceras. Los mozos corren, saltan a compañeros o toros caídos; si
un toro se vuelve, se desviven por hacerle tomar el rumbo correcto. Si todo
va bien, en tres minutos llegan a la plaza y suena un cohete cuando el último
toro está ya en ella. Los llevan a los toriles. Estalla el cohete final y
Navarra entera vuelve a respirar.
Son
miles los navarros, amantes del encierro, que acudan a verlo in situ o que,
estén donde estén, se levantan para verlo por la televisión. Siguen con
pasión un emocionante encierro que responde a una costumbre medieval,
cuando los ganaderos traían por los montes a los toros para las corridas.
Al amanecer del día de la corrida, con la ayuda de los pastores, mansos y
cabestros, llevaban a los toros por las calles hasta la Plaza que hacía las
veces de coso taurino. Ya en el
siglo XIX, los pamplonicas comenzaron a correr delante de las reses, creando
un rito que se mantiene hasta nuestros días.
Los buenos corredores acuden descansados, entrenan,
saben qué hacer. El peligro mayor no es el toro, sino los muchos incautos
que pretenden correr bajo los efectos del alcohol. Muchos no han visto un
toro en su vida. A lo largo de la historia, son trece ya los muertos en el
encierro y más de 200 los heridos por asta de toro. Así que cuidado, y si uno no es experto corredor, mejor detrás de
la valla o por televisión. |
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Pamplona. C/ Pedro I, 1-1º 31007 Pamplona (Navarra).
CIF G31/626526 - info@hotelespamplona.com
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