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LA
RIBERA
Si
Navarra es tierra de contrastes, las Bardenas son su extremo más radical.
Un desierto en pleno norte peninsular, un
cachito del Sáhara cambiante por
la erosión que nos hace imaginar pistoleros del Lejano Oeste enfrentándose
al bandido forastero. Las Bardenas, territorio histórico de paso de cañadas,
seguro nos ha de impactar.
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Tiene una fortísima erosión que consigue
caprichosos y cambiantes cabezos, cerros y barrancos, acentuados aún más
por los cierzos invernales, las lluvias torrenciales y el bochorno
veraniego.
Las Bardenas, surcadas por sendas polvorientas, nos sugieren adentrarnos en
ellas con un buen mapa de la zona bardenera o con alguien que conozca bien
el lugar. Están
diferenciadas en cuatro zonas muy sugerentes.
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Las
Bardenas son 415 kilómetros cuadrados de espectaculares paisajes entre los
ríos Aragón y Ebro.
En el centro, las Bardenas Blancas se llaman así por
la cantidad de elementos salinos y yesos que hay en el lugar. En el Sur
toparemos con la Bardena Negra, más parecida a los Monegros aragoneses,
compuesta por arcillas rojas y calizas. El norte está ocupado por la Meseta
de El Plano y el embalse del Ferial, repleto de variadísimas especies de
aves acuáticas. El Este está ocupado por la Bardena Verde, zona de estepa
que ha sido recientemente recuperada como regadío. Si queremos un buen
mirador, podemos elegir entre la Virgen del Yugo, el Alto de Aguilares, El
Paso y el Santuario de Sancho Abarca.
La
actividad principal de esta zona fue el pastoreo de rebaños que desde
Roncal, Salazar o pueblos próximos, año tras año, emprendían una
trashumancia obligada hasta este mágico lugar. Han quedado huellas en forma
de sendas, corralizas y balsas.
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Pero no sólo hubo animales en las
Bardenas. Contó en algún tiempo con varios castillos de los cuales hoy apenas se
conservan cuatro ruinas como las del Castillo de Peñaflor.
Un
consejo: evitemos las Bardenas en verano. Se alcanzan temperaturas
superiores a los 37º. Cuando llueve fuertemente, tampoco es aconsejable, ya
que el lodo nos puede ocasionar problemas.
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Monasterio
de
La
Oliva
La
Oliva, importante muestra de la aquitectura cisterciense, es un conjunto
monumental fundado en el siglo XII.
Obtuvo
el favor y apoyo del Papado, la nobleza y monarquía navarra y logró, a
mitad del siglo XII, ser uno de los monasterios más poderosos de Navarra
gracias a sus tierras y extensa biblioteca. Más adelante, llegaron los
problemas políticos y la desamortización de 1.835 sumió al monasterio en
la ruina y el abandono. Tenemos que esperar hasta 1.927 para verlo habitado
de nuevo por monjes que comenzaron la reconstrucción.
La
majestuosa fachada principal nos abre las puertas a un lugar mágico. La
iglesia de Santa María, con una parte románica y otra gótica, fue
sufragada por Sancho VI el Sabio y su hijo Sancho VII el Fuerte. Fue construída
en piedra sillar entre los siglos XII y XIII. Consta de tres naves.
La
austeridad cisterciense se aprecia en la sencilla decoración del templo,
que apenas se ciñe a motivos vegetales, animales y fantásticos y algunas
claves en las bóvedas. Cuenta con una sala capitular que integraba el
primitivo claustro del siglo XII y que es una bonita expresión de obra
protogótica.
Desde
la iglesia, podemos acceder a un hermoso claustro gótico del siglo XIV
donde uno no siente pasar el tiempo. Sus galerías están cubiertas por bóvedas
de crucería, con nervios curvos unidos por claves decoradas. Adosado también
a la iglesia, se encuentra el palacio abacial, edificado en el XVI y
reformado en el XVIII.
Frente
al ábside de la iglesia y en un lugar hoy utilizado como huerta del
monasterio, hallamos la capilla de San Jesucristo, la parte más antigua de
todo el monasterio.
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Debemos
probar los productos artesanales del monasterio (hortalizas exquisitas,
recios vinos tintos y rosados y un suave queso de vaca) y, si tenemos ocasión,
alojarnos en la hospedería para compartir, al menos unos días, el estilo
de vida de los monjes.
Un
día excelente para acudir a la Oliva, es cuando termina la Semana Santa y
se celebra el Triduo Pascual. Se une la solemne ceremonia con el sentimiento
del canto gregoriano.
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Peñalén
Peñalén
impresiona. De pronto hay suelo, de pronto no. La roca se corta tajantemente
y, ya en el vació, crea el Barranco del Rey. Peñalén aún impacta más
cuando descubrimos que por ese barranco, en el año 1.076, fue despeñado el
rey Sancho IV empujado por sus propios hermanos, Ermesenda y Ramón.
Historia de odios, rencores y ambiciones y el deseo de una muerte segura. Si
no lo creen, comprueben la altura desde la que fue lanzado el rey.
Peñalén
está en el término municipal de Funes. No siempre ha sido únicamente un
barranco. Existió una villa denominada Peñalén ya en el 1.084 y más
tarde, en el siglo XIV, se llamó Villanueva, aunque finalmente desapareció.
Parece ser que una crecida del Arga arrasó la villa y decidieron
reedificarla lejos del río. Más adelante, hacia 1.400, se extinguió
totalmente.
Peñalén
asiste impertérrito a la unión de dos ríos, el Arga y el Aragón, que se
funden bajo la mirada atenta de Funes y Milagro. Las aguas del río Arga se
mezclan con las del Aragón y no tendrán que recorrer muchos kilómetros más
hasta enlazarse definitivamente, muy cerca de Milagro, con el gran río Ebro.
Desde
este promontorio compuesto por yesos y arcillas, se aprecia un paisaje
arrebatador: la confluencia de los dos ríos rodeados de tierras de cultivos
de cereales y viñedos con zona de huertas. Los ríos erosionan los yesos y
arcillas y estos materiales caen en bloque a modo de placas verticales
formando acantilados como Peñalén. En terrenos cercanos, existen también
otros desniveles menores.
Podemos
sentir el olor a tomillo, romero y los matorrales más cercanos, en este
entorno algo árido, algo hostil. Se percibe su clima, seco y cálido. Por
otra parte, es bastante habitual encontrarse por los alrededores de Peñalén
con un rebaño de ovejas.
Es
bueno conocer que Peñalén cuenta con una ruta circular de 13 km
convenientemente señalizada que se puede realizar tanto a pie como en
bicicleta y que las gentes de los alrededores frecuentan. Eso sí, en
verano, el sol castiga. Les recomendamos ir en otras fechas.
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Tudela
La capital de la Ribera es conocida por su huerta y la convivencia
histórica de distintas culturas. Fue el muladí Amrus Ibn Yusuf el que
convirtió a Tudela en un importante núcleo urbano. Los musulmanes
estuvieron en Tudela desde el siglo IX hasta el XII. Tras la reconquista en
el 1.119, el rey Alfonso el Batallador buscó la cohexistencia de las tres
culturas monoteístas asentadas en Tudela. Durante cuatro siglos lo
consiguieron. Los judíos eran doctos en joyería, peletería, medicina y
préstamo mercantil y los musulmanes, en agricultura, carpintería y
albañilería. Vivieron en paz y la prueba es que de Tudela salieron grandes
hombres en las letras, matemáticas y medicina. Todo terminó cuando los
judíos fueron expulsados en 1.498 y los musulmanes en 1.516.
La
mezcla de culturas se deja sentir en el Casco Antiguo. La vida bulle
alrededor de la Plaza de los Fueros. Cuatro fachadas repletas de balcones y
cerámicas con escudos y escenas taurinas, nos evocan aquellos tiempos
(desde 1.700 hasta 1.842) en los que era utilizada para celebrar corridas de
toros. En el centro, un kiosko: la curiosa Casa del Reloj.
Desde aquí, vamos a la Catedral de Tudela, que se levantó en el 1.180
sobre los restos que aún se conservan de la antigua mezquita mayor.
De estilo gótico, la catedral acoge un bonito claustro románico, así como
la románica Portada del Juicio. La Catedral tiene como peculiaridad un buen
número de capillas. Su elevada torre es emblema de la ciudad.
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En
las cercanías del templo, visitaremos históricos
edificios civiles como el Palacio del Deán, con su
fachada plateresca, el Palacio del Marqués de Huarte,
barroco del XVIII con una impresionante escalera y
bóvedas, la Casa de los Condes de Heredia-Spinola y
la Casa del Almirante, plateresco caserío señorial
navarro.
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